La decisión de Toyota de trasladar parte de la producción de la Tacoma de Baja California a San Antonio, Texas, es mucho más que un ajuste empresarial: es una señal de que México está perdiendo capacidad para retener inversiones estratégicas.
Toyota no cierra sus operaciones en el país, pero sí enviará a Estados Unidos una parte de la producción que antes se hacía en México. El anuncio incluye una inversión de 3 mil 600 millones de dólares y la creación de alrededor de 2 mil empleos en Texas. Es decir: inversión, empleo y futuro industrial que México deja escapar.
El fondo del problema no está sólo en Toyota. Está en un gobierno mexicano que no ha sabido dar certidumbre, defender con fuerza el T-MEC ni construir una política industrial capaz de competir con Estados Unidos. Mientras Washington presiona, subsidia y atrae empresas, México responde con discursos, improvisación y una negociación débil.
Durante años, el país presumió su cercanía con Estados Unidos, su mano de obra y su integración comercial. Pero esas ventajas se están debilitando por la incertidumbre, la inseguridad, la falta de energía competitiva y la ausencia de una estrategia seria para proteger inversiones.
Toyota no se va de México, pero sí empieza a mover piezas importantes hacia Estados Unidos. Y eso debería preocupar. Porque cuando una empresa global decide llevarse producción, el mensaje para el resto de la industria es claro: México ya no ofrece la misma confianza.
El caso Toyota es una advertencia incómoda: si el gobierno mexicano no aprende a negociar, defender y competir, el nearshoring puede convertirse en una oportunidad perdida. Y mientras México presume soberanía, otros países se quedan con los empleos.







