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20 de octubre de 2026
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UNAM: CUANDO LA TRAMPA SE VUELVE CULTURA

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El proceso de admisión 2026 a la UNAM, el primero aplicado completamente en línea, terminó convertido en un escándalo nacional. De 158 mil 712 aspirantes que presentaron el examen, alrededor del 2% —cerca de 3 mil 800— tuvo su prueba cancelada por irregularidades. Las denuncias hablan de aspirantes que usaron ChatGPT para responder en tiempo real, cámaras web colocadas a 360 grados para engañar al sistema de vigilancia por inteligencia artificial, y reactivos filtrados en grupos de WhatsApp y Facebook mientras el examen se aplicaba. Carreras como Medicina, Arquitectura y Derecho registraron incrementos estadísticamente inusuales en sus puntajes de corte, al grado de que la propia Rectoría, encabezada por Leonardo Lomelí, suspendió las inscripciones y convocó a una Comisión Técnica para auditar todo el proceso.

⚠️ EL VERDADERO PROBLEMA NO ES LA TECNOLOGÍA

Es fácil —y cómodo— culpar a la inteligencia artificial. Pero la IA no hizo trampa: fue usada para hacer trampa. La diferencia es enorme. Una herramienta capaz de resolver un examen en segundos no crea por sí misma la intención de engañar; esa intención ya existía. Lo que este episodio expone no es un fenómeno tecnológico incontrolable, sino una cultura que muchos jóvenes —no todos, pero sí miles, documentados y contados— aprendieron en algún punto del camino: la cultura del atajo, del “ahí se va”, de que el mérito es negociable si se tiene la herramienta correcta para evadirlo.

🩺 EL RIESGO NO ES ABSTRACTO: ES QUIRÚRGICO

Proyectemos el escenario con honestidad. Si miles de aspirantes obtuvieron un lugar en carreras como Medicina utilizando IA para responder preguntas que debían resolver con su propio conocimiento, ¿qué tipo de médico, químico o ingeniero se está formando en la base? Un conocimiento adquirido por copiar y pegar no es solo pobre: es un conocimiento que un día tendrá que diagnosticar, operar, diseñar un puente o calcular una dosis. Ahí la trampa deja de ser una anécdota de admisión y se convierte en un riesgo directo para quienes, dentro de unos años, serán pacientes, usuarios o ciudadanos dependientes de esos profesionistas.

🏛️ LA RESPONSABILIDAD ES COMPARTIDA, Y EMPIEZA ARRIBA

Sería injusto —y falso— cargar toda la responsabilidad en los jóvenes. Un aspirante de 18 años que aprendió a “resolver” un examen con IA no inventó esa lógica solo: la heredó de un sistema educativo que, en la educación básica, dejó de reprobar. Hoy en México prácticamente nadie repite grado, incluso sin haber demostrado dominio de los contenidos mínimos. Cuando durante años se le enseña a un estudiante que el resultado llega sin importar el esfuerzo, no debería sorprender que, al llegar a un examen que sí tiene consecuencias reales, muchos busquen la manera de que el resultado siga llegando sin el esfuerzo. La permisividad no nace en el examen de la UNAM: se acumula durante toda una trayectoria escolar.

A esto se suma una política social que reparte apoyos de manera masiva sin mecanismos de medición del aprendizaje real, y una autoridad universitaria que —hay que decirlo con la misma claridad— diseñó y aplicó un examen en línea sin los controles suficientes para una prueba de esta magnitud, en la institución más grande de América Latina. La UNAM también debe revisar su propia responsabilidad en el diseño del proceso, no solo el comportamiento de los aspirantes.

🔍 LO QUE ESTÁ EN JUEGO A 20 O 30 AÑOS

Los sectores estratégicos para la salud, la seguridad y el desarrollo del país —medicina, ingeniería, ciencias exactas— no pueden permitirse procesos de selección débiles. No se trata solo de quién obtiene un lugar hoy, sino de quién tomará decisiones que afectarán vidas humanas dentro de una década. Un país que normaliza la trampa en la puerta de entrada a sus profesiones más sensibles está sembrando un problema que no se notará mañana, sino cuando esos profesionistas ya estén ejerciendo sin el conocimiento que debieron adquirir.

México necesita procesos de admisión con controles reales, una educación básica que vuelva a medir con honestidad el aprendizaje, y una conversación seria —sin satanizar la tecnología ni exculpar a nadie— sobre qué tipo de profesionistas está formando. La inteligencia artificial seguirá aquí, y seguirá siendo usada tanto para construir como para tramposear. La pregunta de fondo no es si la IA es buena o mala: es si, como país, seguiremos premiando el atajo o empezaremos, por fin, a exigir mérito real en lo que más nos cuesta construir: el conocimiento de quienes cuidarán nuestra salud, nuestra infraestructura y nuestro futuro.

Luis Fernando Heras Portillo — SonoraStar
Hermosillo, Sonora. Julio 2026

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