¡Atónitos! Así describiría la presentación de Benito Martínez en el Super Bowl LXV. Y es que todos hablan de ella. Queriéndolo o ignorándolo, Bad Bunny desató un sinfín de discusiones sociales, públicas y políticas en diversas regiones del mundo. Para ser un artista sin talento —como lo acusan los defensores del buen gusto—, no está nada mal. Es innegable que el trapero y reggaetonero boricua es un fenómeno cultural. Nos guste o no, conecta con millones, cuenta con una trayectoria sólida que crece cada año. Pícaro y rebelde, provocó y encendió emociones: eso hacen los verdaderos artistas.
Convirtió a California en una representación viva de los barrios puertorriqueños; homenajeó a sus predecesores en el género, como Daddy Yankee; exaltó los valores con los que se identifican algunos latinoamericanos. Con un sketch poderoso que le recuerda a su vieja San Juan, imitó bodas llenas de ritmo caribeño, expuso la composición de la familia latina tradicional y bailó al son de sus compatriotas. Su mensaje político fue sencillo y poderoso: “Juntos somos América”. Valiente, para un Estados Unidos dividido y con un presidente que amenaza constantemente la integración de la región.
Considero que su escenificación acertada enfrentó diversos problemas interesantes que suscitan críticas profundas y valiosas. Yo solo me quiero centrar en dos de ellos.
El primer gran problema del Conejo Malo nace de la inclusión: ¿cómo representas una comunidad latina tan variable? Latinoamérica es un término distinto a latino. Me explico: las diferencias de los mexicanos que residen en su país de origen y aquellos que crecieron completamente en Estados Unidos son bastantes. Los latinos en Estados Unidos han hecho su propia cultura, con sus propios rituales, y se expresan con otras formas del mismo lenguaje. Bad Bunny tiene la capacidad de unificar al latino que vive en Estados Unidos y al que reside en un país latinoamericano, pero sería iluso y ambicioso afirmar que su espectáculo contentaría y representaría a todos.
El segundo problema interesante que nace de su espectáculo se podría calificar como estructural: ¿su interpretación de lo latino en un evento mayoritariamente estadounidense estigmatiza más o fortalece a esta comunidad en ese país? La idea de que Latinoamérica y todo lo que proviene de ella es inferior a lo estadounidense es común entre ciertos ciudadanos de esa nación. El escenario reafirma los estereotipos de los países subdesarrollados. Eso es cierto. Pero ¿por qué habríamos de avergonzarnos de nuestra cultura? Al final, creer en la superioridad de una cultura es negar la multiculturalidad, como lo hacen los simpatizantes de Trump: nativistas, tribales y etnocéntricos. Benito Martínez reafirmó un estereotipo, sí, pero con intenciones claras: mostrarse orgulloso de él y demostrarlo en un evento que le da mayor visibilidad ante aquellos que ignoran su existencia.
En el fondo, Bad Bunny lo logró. De forma pacífica y con creatividad, despertó reflexiones interesantes sobre lo que es ser latino y latinoamericano; los alcances de su género urbano, que con más de 30 años sigue evolucionando y rompiendo fronteras; la unidad de una cultura, la integración de una región —existente o ficticia— y la expansión del amor entre cohabitantes de un mismo hemisferio.
Benito Martínez descansará orgulloso en su casa porque desató una tormenta, mitificó su figura, se llevó el protagonismo del evento y seguirá llenando sus conciertos en cualquier lugar del mundo en el que se presente. El menos preocupado por lo sucedido es él; mientras la rabia carcome a sus críticos y detractores, Bad Bunny consolida su leyenda y, como buen hombre de espectáculo, nunca pasa desapercibido.










