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20 de octubre de 2026
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A qué edad aprendiste a comer según tu?

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Por: Luis Fernando Heras Portillo para Sonora Star

Ah, la juventud. Esa maravillosa época donde uno come tres hamburguesas seguidas, duerme cuatro horas y se levanta como si nada. Donde la panza se aplana con solo pensarlo y el azúcar en la sangre es cosa de “los viejos”. ¿La ironía? Esos “viejos” de 45, 50 o 60 años que hoy arrastran la panza, la presión alta y un pie en el consultorio del cardiólogo… también pensaron igual a los 20, 25 o 35.

Y aquí está el punto que nadie les dice con claridad: la diabetes, la obesidad y las condiciones cardiovasculares no son castigos divinos ni enfermedades que solo atacan a los desafortunados. Son el resultado lento, silencioso y terriblemente educado de décadas de decir “total, un día más no pasa nada”.

Hablemos en carne propia, porque esto no es teoría, es historia de vida. Yo, Luis Fernando Heras Portillo, he vivido, he sufrido y, en algunas facetas importantes de mi existencia, he gozado tanto de las buenas como de las malas, sobre todo en materia de salud. Tuve sobrepeso, ese que se acumula traicioneramente cuándo haces la mezcla perfecta en un intento por matarte, sin darte cuenta, es decir, comes como desesperado sin encontrar alguno, no haces ejercicio, trabajas intensamente 10 o 12 horas al día, tienes una altísima carga de estrés y por si fuera poco realizas, viajes permanentemente a muchos lugares del país y del extranjero ; y vives con el estrés —la enfermedad del siglo XX que ahora es algo común en el siglo XXI—. Y el resultado no se hizo esperar: dos infartos y un marcapasos que hoy me acompaña como un recordatorio metálico de mis excesos. No se me olvida cómo un buen amigo cardiólogo, de esos que no te endulzan la pastilla, me soltó: “Con tu ritmo de vida, tu estrés, tu actividad, tus viajes… si no bajas de peso y cambias tus hábitos alimenticios, la tercera será la vencida. Vas a morir. Te recomiendo que tomes medidas severas y drásticas si quieres seguir adelante”. Fue entonces cuando me recomendó la bariatría: operar mi estómago, cortarlo al 80% de su tamaño. Perdí prácticamente 40 kilos y me convertí en otra persona. Mucho más saludable, mentalizado en la importancia de los alimentos, en la del ejercicio, y con deseos fervientes de vivir. Y en aquel entonces, hace ya más de 20 años, tuve el reencuentro con mi ser Superior, con mi Dios, que me acompaña todos los días. Porque cuando tocas fondo con tu propio cuerpo, entiendes que la fe también se demuestra cuidando el templo que te prestaron.

Para el lector de 45 años o más: esto ya es un aviso de incendio. Si le duele la rodilla al subir escaleras, si la cintura le pide licencia para existir más allá del pantalón talle 38, si la glucosa se pasea por los 120 como si nada… y aún hay más síntomas de alerta urgente, traes problemas con los nervios de tu cuello Las famosas cervicales y también te duele la cintura y traes problemas con tu columna vertebral que aprisiona nervios producto de toda esta actividad ??bienvenido al club de los que todavía pueden frenar el desastre. Deje el refresco, camine 30 minutos, deje de creer que “su cuerpo aguanta”. No es cuestión de suerte, es cuestión de hábitos.

Pero atención, jóvenes de 20 a 44 años: este artículo no es para que lo lean y digan “ah, pobres señores”. Es para que aprendan mirando al costado. ¿Su tío con diabetes que ya no siente los pies? ¿Su mamá con obesidad y tres infartos? ¿Su vecino de 48 que vive a base de pastillas? Ellos fueron ustedes hace 20 años. Solo que nadie les dijo a tiempo que el cuerpo no perdona, solo acumula facturas. Ya ni les digo que hagan un poquito de memoria reciente de cuántas personas saben o han escuchado que han muerto en su colonia o en su ciudad??

Lo básico que todos debemos saber, sin rodeos:

  1. La diabetes tipo 2 no aparece de la nada: llega después de años de abusar del azúcar, las harinas y el sedentarismo. Y cuando llega, no se va. Solo se controla con disciplina de soldado.
  2. La obesidad es una inflamación constante: no es “unos kilitos de más”. Es su corazón trabajando como si cargara una mochila de 30 kilos todo el día. A los 40, esa mochila pesa más que sus ganas de vivir.
  3. La condición cardiovascular no es solo “del corazón”: es el resultado de tapar sus arterias como si fueran tuberías de cocina grasosa. Un día, sin avisar, se tapan del todo.

Y aquí lo irónico: todos sabemos esto. Pero seguimos pidiendo otra orden de papas mientras decimos “mañana empiezo la dieta”. ¿El problema? Que el mañana se convierte en el diagnóstico a los 50, cuando ya no hay marcha atrás, solo remedios.

No importa su clase social, su puesto en el trabajo ni cuánto dinero gane: su páncreas no entiende de chequeras, ni su corazón respeta tarjetas de crédito. Somos lo que comemos, sí, pero también lo que dejamos de mover. Un rico sedentario y refrescodependiente tendrá el mismo infarto que un pobre en las mismas condiciones. La biología es democrática, aunque duela.

La clave para estar bien, sentirse bien y alcanzar esa felicidad diaria: dejar de tratar su cuerpo como un basurero de emociones y prisas. Comer real, moverse aunque sea feo, dormir y sobre todo, aprender a escuchar las señales antes de que sean sirenas de ambulancia.

Así que ya lo sabe, lector de 20, 30 o 40: su espejo no miente. Y el tío con diabetes no es un caso aislado, es un anticipo de su futuro si no cambia el canal. La buena noticia es que hoy puede elegir. Mañana quizás ya no.

Porque no se trata de vivir más años, sino de que los años que vivamos, nos alcancen para ser felices sin tener que depender de una pastilla para dar la vuelta a la manzana.

Cuide su cuerpo. No es un préstamo, es su única casa. Y la hipoteca se paga con hábitos, no con arrepentimientos.

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